La tecnología es en muchos aspectos maravillosa, una demostración del ingenio humano y un motor de progreso y bienestar.
Sin embargo, como bien sabemos, no está exenta de riesgos, algunos de pura seguridad ante eventuales fallos, pero otros, los principales, los más peligrosos, derivados de uno uso irresponsable o incluso malicioso de las tecnologías.
Ante esto, no queda otra que promover, aplicar y casi exigir el uso responsable y ético de la tecnología. Y, en este aspecto, la venerada antigua Grecia, donde de hecho surgió la ética como disciplina, aún nos puede dar alguna lección o, al menos, un recordatorio y un refuerzo.
Los riesgos de la tecnología y la inteligencia artificial
En efecto, la tecnología, probablemente como tantas otras cosas, trae consigo riesgos. El uso de máquinas conlleva riesgos de accidentes, especialmente en el ámbito laboral. El uso de automóviles también conlleva riesgos de accidentes, muchos de ellos mortales. El uso de la energía nuclear, incluso más allá del ámbito militar, conlleva riesgos de fugas y contaminaciones.
En parte de forma justificada, en parte por moda, una de las áreas tecnológicas que más foco recibe desde el punto de vista ético es la inteligencia artificial. Y en este ámbito hablamos de riesgos en materia de privacidad, de sesgos y equidad, de manipulación, de brechas, de contaminación, de riesgo para el empleo o para la autonomía de las personas, por mencionar algunos.
El riesgo existencial
Aunque con frecuencia cayendo en el sensacionalismo, se ha hablado y se sigue hablando, probablemente cada vez más, de que la inteligencia artificial puede constituir lo que se denomina un riesgo existencial.
Como describía en el artículo ‘Inteligencia artificial, ética y el verdadero riesgo existencial, publicado en este mismo blog hace unos pocos meses, un riesgo existencial es un problema potencial que, caso de materializarse, supondría la desaparición de la humanidad o alguna forma de colapso irreversible de nuestra civilización.
También comentaba que existen riesgos existenciales naturales (como el impacto de un gran meteorito) y otros riegos existenciales antropogénicos, creados por la mano del hombre. Los riesgos asociados a la tecnología en general, y a la inteligencia artificial en particular, caerían dentro de este segundo grupo, los antropogénicos que, para lo que es el foco de este post, son los que mas me importan.
Ética y el verdadero riesgo existencial
No voy a entrar en el debate de si la inteligencia artificial constituye o no un riesgo existencial, pero sí quisiera recordar algo que también mencioné en el post que indicaba más arriba: dado que los riesgos antropogénicos están generados por el ser humano, y dado que se deben al uso que hacemos de la tecnología, está en nuestras manos el evitar los usos maliciosos o los usos demasiado arriesgados de la tecnología.
Y está en nuestras manos, también, tomar todas las medidas preventivas para aquellos casos de uso de riesgo admisible.
Y tomar las decisiones y medidas adecuadas en el uso de la tecnología es un acto de responsabilidad y de ética. Depende de nuestro criterio, de nuestra decisión y de nuestra fortaleza para hacer lo correcto.
Por eso decía, y lo he repetido también en alguna charla, que cuando hablamos de riesgos existenciales antropogénicos, y cuando, dentro de ellos, hablamos de riesgos existenciales derivados de la tecnología, el verdadero riesgo existencial no es la tecnología sino la falta de ética, esa falta de criterio o convicción para hacer lo correcto.
Algunas lecciones de la antigua Grecia
Este verano, y siguiendo la recomendación de un buen amigo, he leído el libro ‘Grecia en el aire‘ de Pedro Olalla , un recorrido en muchos momentos delicioso por los paisajes de Atenas y el pensamiento filosófico, ético y, sobre todo político, que allí se generó en su época dorada.
El texto alterna la descripción actual de paisajes en Atenas y alrededores, con la explicación, no del todo ordenada, de los principales personajes, las principales ideas y los principales hechos en relación con la organización política de la antigua Atenas y su democracia.
Y, en un punto de la argumentación, me he encontrado tres conceptos, vinculados con la política pero fundamentalmente éticos, que no he podido evitar mentalmente poner en relación con lo que he expuesto más arriba.
El primero de ellos es la ‘paideia‘, que el autor propone traducirlo como educación, y que significa, en sus palabras
cultivo permanente de la personalidad y las facultades humanas
Un poco más adelante, y mencionando al famoso libro ‘Protágoras’, habla de la ‘areté‘ que, de alguna forma compendia las virtudes humanas y que Olalla describe como
una forma de sabiduría, una sabiduría íntima que nos permite reconocer el bien y, en un segundo paso, nos impulsa a obrar conforme a él.
El autor subraya que, en la medida que la ‘areté‘ es una forma de sabiduría, puede ser adquirida y enseñada y eso lo pone en relación con la ‘paideia‘.
Finalmente, el último concepto es el de ‘aristeia‘, que podría ser traducido por algo así como excelencia, muy cercano al de ‘areté‘ y que, según nos explica, inicialmente estaba muy ligado a la actividad bélica pero luego, y con la introducción de la democracia, tomó un cariz mucho más individual y ético, convirtiéndose, de nuevo en palabras de Pedro Olalla en
una conmoción ante lo bueno, que no movía tanto a ser mejor que los demás como a ser mejor que uno mismo.
y nos dice que ese esfuerzo individual
se conjugó con el anhelo de contribuir a crear una espacio más justo para la vida en comunidad.
Grecia y el riesgo existencial
Enlazando estos conceptos del pensamiento de la antigua Grecia con el problema de los riesgos existenciales, se me ocurre que, en el fondo, lo que necesitamos para evitar los riesgos existenciales son esa ‘aristeria‘ y, sobre todo, ese ‘areté‘ que nos permita reconocer el bien (y por tanto el mal) y, sobre todo, que nos impulse a obrar conforme a ese bien y contribuir a un espacio mas justo (y, en este caso, más seguro).
Y como herramienta para alcanzar ese ‘areté’, el gran arma, es la divulgación y la educación, es decir, la ‘paideia’.
Más allá de la tecnología
Y, aunque me he centrado en los riesgos de la tecnología y en los riesgos existenciales, esta receta que entronca con el pensamiento griego, es válida para todo tipo de riesgos o problemas que tengan su origen en la acción del ser humano, sean éstos existenciales o no, y sean éstos de naturaleza tecnológica o de otro tipo.
El gran problema
La receta, entonces, la ‘gran receta’ es, pues, promover la ética, formar en ética.
Si… pero, por desgracia, no del todo.
¿Por qué?
Porque la transformación ética de toda una sociedad (que, en este caso debería ser a nivel mundial) es una transformación cultural y a grandísima escala y, como todos sabemos, las transformaciones culturales son lentas.
Aunque estoy convencido de que la humanidad, contemplada con perspectiva histórica, progresa no solamente materialmente sino también en materia de valores y de ética, lo hace a diferentes ritmos.
El progreso tecnológico es casi continuo, generalizado y cada vez más acelerado. Por tanto, las posibilidades de la tecnología, tanto para el bien como para el mal, se incrementan a un ritmo muy rápido.
Por el contrario, el progreso en materia de ética es discontinuo (con avances y retrocesos), desigualmente repartido y, por desgracia, muy lento, al menos mucho más lento que el de la tecnología.
Así que, aunque la promoción de la ética será la receta final, seguramente debamos hacer muchas otras cosas porque confiar en la ética de las personas y las sociedades puede no ser suficiente.
Conclusiones
La evitación de los riesgos, especialmente de los existenciales, que pueden ser derivados de la mano del hombre implica un fuerte llamamiento a la ética, aplicando algunos conceptos que ya heredamos de la antigua Grecia… aunque puede que eso no sea suficiente.







