Hace ya bastantes años, en concreto en 1997, el malogrado Clayton Christensen publicaba el famoso libro ‘The innovator’s dilemma‘) todo un clásico de la literatura sobre innovación, en que describía lo que llamaba el dilema del innovador, es decir, las especiales dificultades que encontraban las empresas de éxito para adoptar e innovar con base en tecnologías disruptivas.
Se me ha ocurrido que en el caso de la inteligencia artificial, por cierto también una tecnología disruptiva, las personas quizá más que las empresas, se pueden encontrar con un dilema de características parecidas y que, un poco por paralelismo con el concepto de Christensen, se me ha ocurrido denominar ‘el dilema del inteligente‘
Veamos.
Tecnologías disruptivas
El término disruptivo, en el ámbito de la innovación y la tecnología se utiliza para denominar tecnologías que, de alguna forma, cambian completamente las reglas del juego de un sector o de un tipo de soluciones, introduciendo cambios estructurales y mejoras radicales frente a soluciones anteriores a las que acaban sustituyendo.
Una característica particularmente insidiosa de las tecnologías disruptivas es que debutan en el escenario tecnológico y de negocio con unas prestaciones inferiores a las de las tecnologías alternativas a las que acabarán sustituyendo. Pero luego suben esas prestaciones rápidamente hasta superar claramente a la de las tecnologías precedentes.
Esas inferiores prestaciones en sus etapas iniciales pueden hacer, y hacen, que, con frecuencia, de alguna forma se las desprecie y no se les preste la debida atención.
Y un poco de eso va el dilema del innovador.
El dilema del innovador
En efecto, lo que Christensen describe como ‘dilema del innovador‘ tiene que ver con identificar a tiempo la importancia de una tecnología disruptiva.
Christensen habla de empresas de éxito, bien gestionadas y seguramente dominantes de su sector. ¿Qué hace una empresa tradicional bien gestionada ante una nueva posibilidad de innovación?
Pues hace un análisis. Un análisis con frecuencia de naturaleza esencialmente financiera en que estima los beneficios que puede traer consigo la adopción de la tecnología y lo compara con los costes y los riesgos. Si se observa un buen retorno de la inversión, quizá una TIR (‘Tasa Interna de Rendimiento’) suficiente, se adopta, y si no… pues no. Una forma racional y eficiente de decidir. ¿No?
Si pero.. ¿Cómo reacciona ahora ante una tecnología nueva y disruptiva? Le aplicará el mismo mecanismo. Pero claro, observará una tecnología de retornos inciertos (porque es nueva) y de prestaciones modestas e incluso malas. ¿Resultado? La decisión será negativa y no adoptará dicha tecnología.
Pero, en paralelo, existirán empresas con menor aversión al riesgo, o competidores que desean ensayar algo nuevo, o startups valerosas que sí adoptan la nueva tecnología disruptiva.
¿Qué sucede?
Cuando la nueva tecnología ‘demuestra todo su poder’, ganarán la partida esas startups o empresas arriesgadas que sí se atrevieron a adoptarla. Y nuestra anterior empresa de éxito bien gestionada, se quedará en situación de inferioridad, puede que de forma grave dada la capacidad de cambio estructural de un sector de las tecnologías realmente disruptivas.
De alguna forma, esa buena gestión que explica el éxito pasado de una empresa, puede llegar a cegarla y ser el detonante de su fracaso ante la llegada de una tecnología disruptiva.
La inteligencia artificial como tecnología disruptiva
Creo que hay pocas dudas de que la inteligencia artificial es una tecnología disruptiva, que está cambiando y cambiará reglas de juego y, además, de manera muy transversal.
¿Y debuta con prestaciones bajas?
Aunque hoy en día parezca difícil decirlo, claro que sí Recordemos cómo eran, por ejemplo, los traductores hechos con inteligencia artificial de hace unos años. Con resultados pobres, muy lejos de lo que es una traducción hecha por humanos.
O recordemos todos los inviernos de la inteligencia artificial al no llegar a lo que de ella se esperaba.
Aún diría más. Incluso con los espectaculares avances de los últimos años, todavía hay mucha gente que se atreve a decir, con un convencimiento que creo nace más del deseo que del análisis, que ‘la inteligencia artificial nunca podrá hacer X‘, siendo X alguna capacidad humana que nos gustaría considerar totalmente diferencial e imposible de alcanzar por la inteligencia artificial.
El posible dilema del inteligente
Y ya llegamos a lo que he dado en llamar el ‘dilema del inteligente‘ y que dibuja una situación parecida, aunque no completamente similar, cuando una persona más que una empresa, se enfrenta a la adopción o no, al uso o no, de la inteligencia artificial.
E identifico una posible dificultad para que precisamente las personas inteligentes y talentosas, personas de éxito, adopten la inteligencia artificial.
No hablo tanto de una adopción general de la inteligencia artificial, sino su uso para tareas concretas, tareas en que sobresale esa persona inteligente y de éxito.
El dilema surge porque esa persona inteligente es muy buena haciendo algo, voy a decir diseñando y desarrollando software, por ejemplo. Pero ahora la inteligencia artificial desarrolla software. Es posible que ese desarrollador experto considere, quizá con razón, que él o ella desarrolla software de mayor calidad que el que hace la inteligencia artificial (en su visión la inteligencia artificial tendría prestaciones bajas comparadas con la suya propia). Y eso puede hacer que se resista a abrazar el ‘Vibe coding‘ mientras, en paralelo, desarrolladores nuevos, o personas con menos conocimientos, sí se lanzan a desarrollar con inteligencia artificial. Pasado un tiempo esos desarrolladores nuevos, en realidad menos talentosos, pueden superar en producción e incluso calidad a nuestro desarrollador experto.
Ese sería del dilema del inteligente.
Y se me ha ocurrido pensarlo porque, de alguna manera, lo experimento personalmente. No me cuesta, incluso lo hago con alegría, utilizar la inteligencia artificial para tareas en que no soy diestro o que incluso me sería imposible hacer: digamos crear música, crear vídeo, crear algunas imágenes o incluso investigar masivamente sobre un tema o resumir un documento extenso. Pero me resisto mucho más a usarla en tareas que, aparte de disfrutar haciéndolas, creo que he adquirido una destreza casi diferencial: escribir, hacer presentaciones, delinear un programa formativo, etc.
Si la adopción de la inteligencia artificial me resulta natural, divertida y rápida para unas tareas, arrastro los pies para otras.
Personalmente, aparte de conocer desde hace muchos años esta problemática del dilema del innovador, también soy un entusiasta estudioso de la inteligencia artificial, así que soy plenamente consciente de su capacidad y sus posibilidades disruptivas actuales y futuras. Así que me obligo, y pienso obligarme más en el futuro a emplearla… y no puedo dejar de aconsejar a ‘todo el mundo’ que haga lo mismo para evitar caer en ese dilema del inteligente..
Aunque no hablamos estrictamente de inteligencia
Antes de finalizar, un breve apunte conceptual.
He bautizado a este ‘fenómeno’ como el dilema del inteligente, porque resulta muy paralelo al término dilema del innovador de Christensen y, de paso, introduce la idea de inteligencia (sugiriendo inteligencia artificial) en la ecuación pero, en muchos casos, quizá más que de inteligencia, deberíamos hablar de competencia, ‘expertise‘ o talento.
Pero claro, no suena igual hablar del ‘dilema del competente’ ¿no?
Conclusiones
Se me ocurre pensar que, de forma paralela al fenómeno del dilema del innovador descrito por Christensen, las empresas, pero sobre todo las personas, podemos sufrir una suerte de ‘dilema del inteligente’ que nos haga resistirnos a usar la inteligencia artificial para realizar o ayudarnos a realizar aquellas tareas en que somos especialmente competentes…. y eso puede ser un riesgo a futuro, y un futuro no muy lejano.







